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La edad de los Por qué

Por qué llueve, por qué es de noche, por qué los papás duermen juntos, por qué... Miles de inquietudes se les presentan a los niños entre los tres y cinco años. Su curiosidad los lleva a formular una pregunta tras otra, agotando el repertorio de respuestas de cualquier adulto hasta dejarlo exhausto.

 

Pero alégrense, papás: un niño que pregunta es un niño sano, interesado en saber cómo funciona su entorno para poder ordenarlo, comprenderlo e integrarse a él. Necesita respuestas, especialmente de los padres, ya que son los principales guías para asimilar la realidad. De ellos depende que el espíritu investigador de sus pequeños florezca y a futuro sean personas seguras y creativas, o que simplemente su inquietud se marchite.

Las interrogantes de los niños son verdaderas ventanas por las cuales se asoman al mundo. Es la forma natural de desarrollar su conducta exploratoria, la que antes ya se manifestaba de manera física por medio de la manipulación de objetos y, que gracias a la verdadera explosión que experimenta el desarrollo del lenguaje después de los tres años, aflora ahora en forma de preguntas.

Es el momento en que aprenden a poner la palabra interrogativa (qué, por qué, cuándo, cómo, quién, dónde) al comienzo de la frase. Por eso, el preguntar es también un signo de que el lenguaje se está desarrollando correctamente.

El placer de preguntar

El niño a esta edad es muy hablador, y muchas veces puede que pregunte por el sólo placer de hacerlo, ya que le resulta entretenido e interesante, además descubre que así puede captar la atención en torno a él y se siente importante y querido mientras mantiene a sus padres respondiendo preguntas.

Cuando los padres le prestan al pequeño la atención que solicita, le refuerzan su autoestima, ya que le dan a entender que les interesa y lo respetan como persona y que lo que tiene que decir es importante y merece ser escuchado.

Muchos padres se quejan de no tener una buena comunicación con sus hijos adolescentes. Lo mejor es estimularla desde pequeños, aprovechando esta oportunidad para sentar la base para un buen diálogo a futuro.

Por muy absurdas, difíciles, obvias, inoportunas, insistentes o reiterativas que parezcan las preguntas de los menores, los padres jamás deben olvidar que son verdaderos tesoros. Animándoles a preguntar y dándoles respuestas, fomentan su capacidad de razonar, los motivan a descubrir, a no temer a lo desconocido, a tener una perspectiva crítica y constructiva de la vida.

Preguntas difíciles

Para los niños no importa el tiempo, lugar, ni tema en cuestión. Si tienen la necesidad de preguntar, lo harán y exigirán una respuesta inmediata y satisfactoria, lo que puede poner a sus padres en aprietos en más de alguna ocasión.

A veces a los padres les resulta embarazoso responder preguntas referentes al sexo, no encuentran las palabras adecuadas y no saben hasta que punto llegar con el pequeño. Otras veces, las preguntas son tan difíciles como "¿de dónde viene el viento?"

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